La semana pasada, durante la sesión del periodo extraordinario del Senado, se aprobó un acuerdo por el que me integro a la Comisión de Economía. Mi integración a esta Comisión sucede en un momento de crucial importancia económica y social para México. Estoy convencida que desde el legislativo, podemos sentar las bases de una economía más humana y que al mismo tiempo responda a los grandes retos de nuestro tiempo.

También esa semana el pleno del Senado aprobó el T - MEC, que entre otros temas, contiene un capítulo sobre comercio digital. Este capítulo no existía en el anterior acuerdo, y es importante porque reconoce la importancia de este tipo de comercio en la economía global.

De acuerdo con la Organización Internacional del Comercio el comercio digital global en 2016 representó 27.7 trillones de dólares en 2016, lo que significó un incremento del 43.5% con relación a 2012 (19.3 trillones de dólares). En México, entre 2016 y 2018, el comercio digital ha experimentado un crecimiento del 61.8% (de 312 mil millones de pesos en 2016 a 505 mil millones de pesos en 2018).

¿Por qué es importante el comercio digital y por qué decimos que tiene un enorme potencial para integrar a más personas a la economía? Porque el comercio digital facilita la integración de mujeres, de regiones y de pequeñas y medianas empresas a las cadenas de valor globales.

Para aprovechar los beneficios del comercio digital, así como para prevenir sus riesgos y limitar sus posibles impactos negativos, es necesario - entre otras cosas - fortalecer y modernizar nuestros marcos legislativos para permitir la innovación, la coordinación y la seguridad de las personas; y al mismo tiempo poner en el centro de su desarrollo y de las políticas que lo promuevan un compromiso con hacerlo sustentable e inclusivo.  

En ese sentido, el T-MEC contiene algunas disposiciones - que si bien generales y ambiguas en algunos casos - marcan el camino a seguir en la construcción de un comercio digital más eficiente y libre en la región. Algunas de las disposiciones más importantes de este capítulo son:

-El fortalecimiento e implementación de la autenticación electrónica y firmas electrónicas y su interoperabilidad.

-La adopción de medidas para evitar las comunicaciones electrónicas no solicitadas

-La no restricción de la transferencia transfronteriza de información por medios electrónicos, incluyendo la información personal, cuando esta actividad sea para la realización de un negocio de una persona cubierta.

Sin embargo, este Acuerdo también tiene áreas de oportunidad en las que los tres países - como región - tendremos que enfrentar y que decidir, sobre de todo de cara a las revisiones que se realizarán cada 6 años. Una de estas es la de la protección de datos personales.

Cuando hablamos de  protección de datos personales, nos referimos a un derecho humano que debe ser protegido, especialmente porque está ligado a la dignidad y libertad de las personas. Entonces, nos encontramos frente al reto de lograr un equilibrio y el establecimiento de regulaciones y principios que eliminen barreras para  la innovación y la inclusión de más actores y más diversidad al comercio digital, y que al mismo tiempo protejan la privacidad, la intimidad y la autodeterminación informativa de las personas. La revolución digital nos ha “convertido” en información que puede ser leída, procesada, distribuida y almacenada por otras personas o por máquinas.

Hoy, como nunca antes, nuestra identidad digital se encuentra expuesta al mundo: lo que comemos, quiénes son nuestros seres cercanos, nuestras afinidades políticas, religiosas, de consumo e ideológicas. Estas, nuestras “personas digitales” merecen la misma protección de sus derechos que nuestras personas “fuera de línea”. Lograr que nuestras legislaciones contengan principios lo suficientemente fuertes para proteger a las personas, y que al mismo tiempo sean flexibles para permitir el desarrollo del comercio digital y la innovación en Internet, es uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos los gobiernos nacionales y las organizaciones internacionales.

Muchas veces he repetido que la tecnología ha transformado al mundo, y aunque es verdad, esta afirmación tiende a invisibilizar lo más obvio: somos las personas quienes - a través de la tecnología - hemos transformado al mundo, a nuestras economías y a nuestras sociedades. Este reconocimiento es importante porque nos permite imaginar nuevas formas de acercarnos a la tecnología, y por supuesto, nos hace conscientes de la responsabilidad  de ponerla al servicio de la construcción de un mundo más justo, sostenible y menos desigual. Es esta idea la que me emociona y me impulsa a trabajar de la mano de las y los integrantes de la Comisión en la construcción de una economía del siglo XXI humana, sustentable e incluyente.